Extracto: Rosa pétrea

Culebra despertó con el aire atrapado en la garganta, tenso y asustado, pero luego advirtió el calor y la suavidad de las escamas de Ruiseñor rodeándole. Se había quedado dormido tumbado con ella junto al fuego. Lo que fuera, o quien fuera, que le hubiera despertado no pasaría más allá de Ruiseñor. Nadie lo hacía. Aquellos que eran lo suficientemente valientes para intentarlo sentirían sus enormes colmillos y morirían muy lenta y dolorosamente.

Escuchó atentamente, con la respiración acompasada a pesar de que el corazón le latía a mil por hora. Ahí. Pasos en la alfombra de la habitación principal, tratando de mantenerse en silencio mientras se acercaba más y más al dormitorio; pero no eran rival para un hombre que dependía tanto del sentido del oído para compensar la ausencia de visión. Culebra oyó como el intruso se detenía en el umbral, dudaba y luego se adentraba en la habitación. Oyó el siseo del acero siendo desenvainado de su prisión de cuero.

Culebra notó en la lengua el sabor agrio de su miedo. Fuera quien fuera, no era muy bueno en su trabajo. Los asesinos debían ser sumamente difíciles de encontrar últimamente. Y no era de extrañar, teniendo en cuenta que Culebra ya no podía contar cuántos de ellos habían muerto intentando matarle.

Esperó hasta oír al hombre registrando la ropa de cama, el ruido de las mantas cayendo al suelo, esperó hasta saber que por fin se había dado cuenta de que la cama estaba vacía.

—¿Me buscabas? —preguntó Culebra, apartándose rodando cuando Ruiseñor se despertó, desenredó su pesado cuerpo y serpenteó hacia el intruso.

El hedor a miedo se hizo más intenso, mezclado con el sabor agridulce de la muerte. Culebra no podía verlo, pero Dario le había descrito varias veces como Ruiseñor se acercaba lentamente y, en el último momento, se lanzaba hacia adelante con los ojos brillantes, casi demasiado rápido como para verlo.

Sus víctimas nunca protestaban porque yacían paralizadas por el miedo. Como todos los asesinos antes que él, el intruso chilló de dolor y murió gimoteando. Culebra le sintió morir; sacó la lengua para saborearlo, dulce y amargo. Era la parte que más odiaba de sí mismo: que podía sentir el momento en el que se avecinaba una muerte, que lo detestaba y al mismo tiempo no lo hacía. Una parte de él se sentía cómoda con ella, obtenía… algo… de cada muerte que saboreaba.

El susurro de escamas por la alfombra se acercó más y más, y Culebra estiró una mano para acariciar a Ruiseñor mientras ella se enredaba a su alrededor. Ésta siseó suavemente y le restregó la cabeza contra la mejilla antes de apoyarla en su hombro.

—Gracias, preciosa —susurró, acariciándole las suaves y cálidas escamas una y otra vez. Su preciosa Ruiseñor.

Ruiseñor aterrorizaba a todos los que la veían, excepto unos pocos. Le habían dicho muy a menudo que sería mejor que se deshiciera de ella antes de que se volviera contra él, o que al menos la encerrara con las otras serpientes. Culebra había ignorado todos los avisos y recriminaciones. Ruiseñor le había encontrado de niño, cuando no había tenido en su vida ni a una sola persona que le apreciara. Su padre y su hermano eran educados como mucho, y su madre se había negado a tener contacto alguno con él. Nadie más quería estar relacionado con su persona: estaban o bien demasiado asustados de él o de quedar atrapados en el fuego cruzado. Su vida no había mejorado desde que su padre se retirara y le cediera el trono a su hermano un año antes. Su hermano y él nunca se habían llevado bien.

Ruiseñor era todo lo que había tenido hasta que a los dieciséis se le asignaron dos guardaespaldas permanentes: Granito y Dario. Pero pensar en ellos todavía dolía demasiado.

Mientras Ruiseñor se apartaba de él, para revisar su captura sin duda alguna, Culebra caminó los siete pasos que había de un lado de la chimenea al otro. Estiró una mano, tocó el sillón que estaba buscando y, un momento después, encontró la bata que había dejado allí. Tras ponérsela, se apretó el cinturón y salió de su dormitorio.

Cruzó su salita privada y salió al recibidor; el olor a muerte no dejaba de aumentar. La puerta hacia sus aposentos privados estaba cerrada, y la abrió poco a poco en caso de que todavía hubiera algo vivo al otro lado. Pero todo lo que saboreaba era muerte. Sacó la lengua y tomó aire profundamente. Tres cuerpos: dos de ellos eran los guardias a los que habían asignado sus habitaciones durante la noche. El tercero no olía familiar, pero sí a suciedad y, ligeramente, a alcohol barato. Así que el intruso no había estado solo, pero uno de ellos había sido derribado por los guardias.

Era extraño que éstos no hubieran conseguido dar la voz de alarma pero sí matar a uno de los asesinos, pero no tenía forma de saber lo que había transpirado.

Culebra frunció el ceño y cerró la puerta. Luego caminó los quince pasos que le separaban del tirador que había en la esquina de su recibidor. Tiró una vez, la señal para avisar de que algo andaba mal, y luego se acercó a uno de los dos sofás. Se sentó, se puso las manos en el regazo y esperó.

Sin poder evitarlo, pensó en Dario. Habría dado lo que fuera para que volviera a estar a su lado. Pero no se lo merecía. Granito estaba muerto por su culpa, por Culebra. Dario y Granito habían sido inseparables, las dos mitades de un todo. Puede que hubieran nacido con unos años de diferencia, pero todos podían ver que los hermanos habían compartido alma. Culebra les había amado muchísimo. Y todavía los amaba más que a nada en el mundo. Pero Granito le había protegido a cambio de su vida, y perder a Granito había destrozado a Dario.

¿Qué derecho tenía él a quedarse con las piezas? Ninguno, y por eso había liberado a Dario. Pero eso no había detenido el dolor constante, el sentir que le faltaba algo. Seguía sin poder dormir en su propia cama. La sentía insoportablemente grande y solitaria tras pasar todas las noches acurrucado entre sus guardaespaldas… entre sus amantes.

Había tenido sólo dieciséis años cuando se los habían asignado, y para entonces ya había tenido muchísimos guardaespaldas. La mayoría simplemente no podía soportar el estrés de tantos asesinos. Los ataques a la realeza no eran raros, pero al principio la Hermandad de la Rosa Negra había intentado matarle con mucho más ahínco. Que no hubiera sido más que un niño no le había importado a la Orden… de hecho había sido una ventaja, porque de niño había sido mucho más débil y aún no constituía una amenaza.

La Hermandad no había anticipado a Ruiseñor, que le había encontrado a los seis años. Ni tampoco había anticipado a los dos hombres que habían aparecido en su vida y que, por una vez, habían sido parte de ella. Habían sido sus guardaespaldas, y poco a poco, sus amigos, durante tres años. Pero cuando se acercó su veintiún cumpleaños los tres se convirtieron en mucho más. Los recuerdos eran como cuchillos, pero al igual que el sabor a muerte en la lengua, Culebra los odiaba y los amaba a partes iguales.

La puerta se abrió tras una llamada rápida, y Culebra agradeció la interrupción y le prestó atención al visitante, apartando los recuerdos por el momento. El recién llegado olía a sangría barata y a cigarrillos aún más baratos, con una pizca del jabón áspero que usaban para lavar los uniformes de palacio… Era como si la ropa estuviera más limpia que la persona que la llevaba puesta.

—Gracias por venir. ¿Quiénes son esos tres hombres muertos del pasillo?

—Dos guardias y el intruso al que detuvieron —contestó el hombre.

Culebra ignoró la acusación oculta en el tono principalmente deferente del guardia. Estaba cansado de que le trataran como si él tuviera la culpa de todas las muertes, pero sabía que no podía hacer nada. Había gente que trataba frecuentemente de asesinarlo, más gente moría defendiéndole, y prácticamente todo el mundo creía que era culpa suya.

—Uno de los intrusos —corrigió—. El segundo está en mi dormitorio. Tenga cuidado cuando vaya a examinarle; Ruiseñor sigue allí y es algo posesiva con sus capturas.

El guardia profirió un sonido parecido al que se hace cuando te callas algo antes de decirlo, y se marcho obedientemente a echarle un vistazo al cuerpo de su dormitorio. La peste a miedo y a piel sucia no desapreció, y Culebra hizo una mueca.

Un rato después el guardia apareció de nuevo con el olor del miedo más fuerte que nunca. Los únicos que habían sido capaces de dejar de temer a Ruiseñor habían sido Granito y Dario.

—Alteza, me disculpo por el fallo de mis guardias hacia vuestra protección.

—No —dijo Culebra—. Debo disculparme yo, como siempre. Vuestros hombres no merecían morir, y siento que haya sido así.

—Enviaré a alguien a que recoja los cuerpos. ¿Mando a llamar a vuestro hermano, alteza? Querrá saber que ha habido otro ataque.

—No, no será necesario. Ni tampoco serán necesarios guardias nuevos. No creo que los asesinos vayan a atacar dos veces la misma noche. Deje dormir a mi hermano y a los guardias. Ruiseñor será suficiente para protegerme durante el resto de la noche. Gracias.

—Alteza —contestó el guardia. Luego oyó el frufrú de la tela, los golpes ahogados de sus botas en la alfombra y la puerta cerrándose con cuidado. Suspiró, levantando una mano para tocarse las gruesas vendas negras que le tapaban los ojos. Funcionaban mejor que los lazos, los pañuelos o cualquier otro objeto que usaran los antiguos príncipes Basilisco. Le hubiese gustado que fuera posible encontrar algo que le hiciera menos destacable, pero era más probable que recuperara la vista que el que obtuviera aceptación.

Escuchó el tic tac del reloj a su espalda y se dispuso a contar los varios minutos que pasaron hasta que oyó a cuatro guardias recorriendo el pasillo. Entraron en su habitación de golpe y sin llamar, y a continuación se quedaron inmóviles.

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