Extracto: Corazones Arrebatados

Mervyn estaba en su taller, dándole los últimos toques a un talismán de comunicación a tres, cuando Evandie bajó por las escaleras del sótano con pasos fuertes y ruidosos. Ella entró de golpe en la habitación, parándose en el interior de la «zona segura» que rodeaba el umbral de la puerta, y miró el lugar abarrotado con desaprobación.

—Tienes un cliente —anunció ella con una reprobación tan severa como su expresión. Era posible que el objetivo de su desagrado fuera el cliente y no su taller—. Lo he hecho pasar al salón. Te sugiero que te des prisa antes de que robe algo.

Sí, definitivamente era por el cliente.

—Sí, Evandie. Iré ahora mismo. Tráenos una bandeja de refrigerios, por favor. Té y algunos pastelitos de esos —dijo Mervyn, moviendo una mano. Volvió a centrarse en su talismán sin esperar a ver si hacía lo que le pidió. Evandie puede que fuera estricta y seria, pero era buena haciendo todo lo que le pedía y cumpliendo con su trabajo.

Mervyn acabó lentamente con el talismán, no estaba dispuesto a apresurarse y arriesgarse a destrozar el trabajo de toda la mañana para ver lo que tenía a Evandie tan disgustada. En total, tardó otra media hora en acabar los talismanes y guardarlos en sus cajas de terciopelo negro, etiquetándolos después con esmero y dejándolos a un lado para entregarlos más tarde.

Luego se sacudió las polvorientas manos en los pantalones y fue hacia la puerta. Todos sus talleres estaban en el sótano y cada uno tenía un propósito diferente. Sobre todo se dedicaba a trabajos con magia curativa, pero también jugueteaba con talismanes de comunicación y con otros tipos de magia. Cerrando la puerta del taller al salir, Mervyn activó ausente el hechizo de cierre en la puerta antes de subir las escaleras.

No estaba del todo presentable, pero rara vez tenía clientes a los que les importara eso, así que no le preocupaba demasiado. Si el cliente era demasiado estirado se limitaría a dirigirlo a otro maestro de hechizos.

El salón de visitas estaba en la parte frontal de la casa, lo bañaba la luz de la tarde que entraba por las enormes ventanas que daban a la calle. Mervyn entró sin hacer ruido, observando a su cliente y sabiendo de inmediato por qué a Evandie parecía no agradarle.

El joven era pálido, tenía marcas oscuras bajo sus ojos claros. Vestía con muchas capas, pero parecía estar resguardándose del frío en vez de tener el impulso de llevar encima todo lo que poseía. Movía los dedos sin parar, parecía incapaz de quedarse quieto y seguramente iba tras un talismán curativo.

—Hola, soy Mervyn —lo saludó, manteniendo la voz suave y alegre mientras hablaba—. Siento haberte hecho esperar.

—No importa —dijo el joven con suavidad, su voz era más profunda de lo que esperó—. Eh, me llamo Callisto.

—¿Qué puedo hacer por ti, Callisto? —preguntó, sirviendo té para los dos antes de sentarse. Callisto no tomó la segunda taza, así que quizás los temblores de sus manos eran parte de su enfermedad y no producto de los nervios.

—Necesito… ¿puedes modificar talismanes? —preguntó Callisto, obviamente nervioso. Y con razón: no era exactamente legal modificar los talismanes de otro hechicero, pero estaba muy mal visto a menos que el creador original estuviera muerto—. No… No es tuyo, lo sé, pero no hay ningún otro lugar… —Dejó de hablar, apretó los labios mientras ponía una mueca de dolor, su hombro derecho se elevó de repente y se movió hacia atrás sin una razón aparente que pudiera notar a simple vista.

Callisto respiró hondo y Mervyn esperó pacientemente, no estaba dispuesto a pronunciar un veredicto hasta tener más detalles. Aun así, esto parecía ser algo más complicado que un talismán curativo.

—Tienes… —Callisto miró hacia las ventanas frontales, en donde estaban recogidas las cortinas para mostrar el jardín frente a la casa. Bajó la voz y dijo—: Tienes luces de hada.

—Así es —respondió Mervyn algo sorprendido. A pesar de tener las luces de hada apenas recibía visitas de hadas que admitieran lo que eran. Sólo las hadas podían ver las luces de hada; Mervyn las tenía frente a su casa porque hacía unos años había ayudado a un hada con un conjuro complicado y tuvo —pero ignoró— la oportunidad de vincularla a él.

—¿Otro hechicero te colocó un talismán? ¿No fue una vinculación? —inquirió, preguntándose por qué un hechicero haría tal cosa. Los talismanes eran tan complejos como las vinculaciones, pero no tan restringentes. Tampoco podían hacer lo que una vinculación: darle acceso al hechicero a la energía mágica del hada.

—Sí —contestó Callisto, pareciendo preocuparse aún más por eso.

—¿Puedo verlo? —preguntó Mervyn, sería más fácil que pedirle a Callisto que le explicara las complejidades del talismán. Era muy extraño: ¿por qué un talismán pero no una vinculación? A menos que el hechicero no supiera que Callisto era un hada, algo plausible ya que no se podía distinguir a un hada de un hechicero a menos que lanzaran un conjuro.

Callisto asintió y se abrió los botones de la chaqueta a trompicones. Le tomó varios minutos retirar todas las capas que llevaba con todo lo que le temblaban los dedos, pero no le ofreció ayuda, estaba seguro de que sólo lo pondría más nervioso.

Cuando por fin reveló su pecho, reconoció que era atractivo, pero le distrajo completamente el panel metálico cuadrado que tenía adherido directamente sobre el corazón. Era liso y sin mácula, además la piel de su alrededor estaba inflamada, lo que quería decir que se lo habían colocado recientemente.

Mervyn frunció el ceño y tanteó los bolsillos hasta encontrar sus anteojos. Dejó a un lado su té a medio acabar, se puso los anteojos y se levantó.

—¿Puedo? —preguntó, señalando al talismán. Callisto asintió brevemente y con rigidez, y Mervyn se acercó, totalmente concentrado en el panel. El hechizo debía estar en el interior del panel, ya que no se mostraba por este lado. También tenía que estar adherido mágicamente, ya que no había nada que lo sujetase a simple vista, pero, ¿cuál era su propósito? Tendría que realizar un hechizo de traslación para ver el otro lado del panel y los símbolos mágicos.

—Tengo que lanzar un hechizo de traslación —informó Mervyn, levantando la cabeza y mirando a Callisto a los ojos. Estaban más cerca de lo que esperaba, pero trató de no perder la compostura. Ya había estado cerca de otros clientes, sin ponerse nervioso además. Esto no era diferente.

—¿Qué es lo que hace? —preguntó Callisto, una mano vagó hacia la placa de metal antes de volverla a dejar en el reposabrazos del sillón—. No lo apagará, ¿verdad?

—No, no cambia nada —le aseguró, su curiosidad volvió a crecer. Callisto quería que lo modificara, no que lo quitara por completo—. Sólo me mostrará una representación del otro lado para poder ver los símbolos mágicos del hechizo. No toca ni interfiere con el conjuro.

—De acuerdo —dijo Callisto, y Mervyn podría apostar que no tenía mucho conocimiento de magia realizada por hechiceros. Un hechizo de traslación era simple y muy usado por hechiceros. Pero Callisto era un hada, así que tenía buenas razones para alejarse de ellos.

—Espera un momento —le informó Mervyn, atravesando la habitación hasta llegar al escritorio de una de las esquinas. Evandie siempre se quejaba de él, que no quedaba bien allí, pero a Mervyn le gustaba la accesibilidad que le proporcionaba; era mucho mejor que tener que correr al sótano a por un cuaderno.

Abrió la cerradura del cajón central, sacó un cuaderno grueso y volvió a cerrar el cajón. El cuaderno estaba encantado con uno de sus hechizos más inteligentes: todo lo que escribía se copiaba en una libreta duplicada que tenía guardada en su taller principal.

—¿Qué hechicero lo creó? —preguntó, a pesar de saber que podía tocar una fibra sensible. Después de todo, si Callisto confiara en el hechicero que le había creado el talismán, no habría acudido a él para que lo modificara. Aun así, saber la identidad del hechicero le ayudaría para modificar el conjuro, si es que era familiar con su trabajo.

—No lo sé —respondió Callisto con un aspecto aún más miserable. Su hombro volvió a levantarse y echarse hacia atrás, Callisto sacudió la cabeza, como si estuviera negando algo—. Nunca lo vi.

—Bien, está bien —dijo Mervyn, estaba más convencido que nunca de que había algo extraño y seguramente ilegal en todo aquello. Puede que pudiera ver algo del hechicero en el conjuro, aunque nunca había sido muy bueno al leer las firmas de cada hechicero en los símbolos mágicos—. El hechizo de traslación no te hará ningún daño. No deberías sentir nada cuando lo lance. Lo único que hará será darme una imagen de lo que hay en el otro lado del panel, así podré ver los el trabajo mágico del conjuro, observar lo que hace y si puedo modificarlo.

—De acuerdo —dijo Callisto no muy aliviado. Mervyn no lo culpaba, no tras encontrarse con un hechicero desconocido que le dejó un talismán extraño, causante de los síntomas físicos que estaba viendo en él. Si podía, tendría que hacer que Callisto le contara el resto de la historia después.

—Ahí va —le avisó Mervyn, tratando de sorprenderlo lo menos posible. Murmurando las palabras del hechizo de traslación, frunció el ceño al ver la imagen parpadeante y plateada que se fusionaba frente al pecho de Callisto. No era sólo una placa metálica como había creído en un principio, era un pequeño artilugio de metal del tamaño de dos puños apretados. Encajaba perfectamente, lo que quería decir…

—¿Se llevó tu corazón? —soltó de sopetón, dejando caer la libreta y perdiendo el control del hechizo de traslación al mismo tiempo. La imagen se movió y desapareció mientras Callisto se encogía.

—No sé por qué —dijo Callisto, mordiéndose el labio—. Eso… Esto… —Se tocó el borde del artilugio de metal—. Eso le deja tomar mi energía, y no puedo… si me lo quito, no tendré corazón y moriré.

—Que es por lo que necesitas que te lo modifique —comentó Mervyn, agachándose a recoger su libreta—. Dios, por qué… —Pero era una pregunta estúpida. La energía de las hadas hacía maravillas en los conjuros de un hechicero; era el doble de efectiva que la energía de un hechicero normal, pero sólo podía conseguirla si un hada estaba vinculada a él. Además, un hechicero sólo podía estar vinculado a un hada a la vez… y un talismán no era lo mismo que una vinculación. Un talismán como éste podía usarse en tantas hadas como quisiera el hechicero, sin la restricción que tenían las vinculaciones.

—Lo arreglaremos —le aseguró, furioso y preocupado al mismo tiempo. Ya era bastante malo que muchos hechiceros forzaran a las hadas a una vinculación; esto era mil veces peor. Si llegaba a ponerle las manos encima al hechicero que había hecho esto, bueno, tenía escondidas unas docenas de maldiciones bastante desagradables que podría usar.

—Eso espero —dijo Callisto sin parecer muy convencido. Seguramente porque había perdido el corazón.

—El primer paso será el más difícil —masculló Mervyn, acercando a Callisto una de las sillas cercanas—. Tenemos que mantener eso —señaló al talismán corazón— vivo, mientras le quitamos al hechicero la capacidad de drenar tu energía. Para asegurarnos, deberíamos reemplazar totalmente el talismán…

Mervyn tomó algunas notas, frunciendo el ceño con concentración. Nunca había reemplazado un talismán corazón, aunque sí había sido el caso de algunos de los cirujanos mágicos más experimentados del hospital. Estaba seguro de tener al menos un libro de referencias.

—El hechicero que te hizo esto puede que siga manteniendo tu corazón con vida. Si conseguimos encontrarlo…

—¿Y por qué lo mantendría con vida? —interrumpió Callisto, confuso y con el ceño fruncido—. Ya tengo esto.

—Si he leído el hechizo correctamente —dijo, y sólo había echado un vistazo y podía estar equivocado—, el hechicero necesita… una pieza de ti, para poder drenar energía. Podía haberte quitado un mechón de pelo o algo semejante, pero, ¿para qué? Si ya tiene tu corazón. Además, seguramente cree que es una garantía. Aunque arregle esto irás a buscarlo, ¿verdad?

—No he pensado más allá de esta parte —confesó Callisto, hundiéndose un poco en la silla, y Mervyn le creyó. De estar en su lugar, estaría furioso, pero Callisto estaba claramente más preocupado que enfadado—. ¿Podrás arreglarlo?

—Con seguridad. Aunque tenga que copiar lo que hizo estarás libre del drenaje. Aunque creo que puedo simplificarlo sin necesidad de usar vínculo energético —añadió rápidamente al ver como Callisto se mostraba algo desconfiado—. Ya que la mayoría del trabajo mágico que realizó está orientado a sacar energía de ti y mi único propósito es simular tu corazón.

—De acuerdo —dijo Callisto, exhausto y cansado. Se notaba que la parte del talismán que funcionaba como corazón estaba funcionando con menor eficiencia que el corazón original de Callisto. Y no era sorprendente, ya que el único propósito del hechicero era sacar tanta energía de él como le fuera posible sin matarlo.

—Desgraciadamente, trabajar en el talismán me tomará unos días —dijo Mervyn, recostándose pensativo en la silla. También tendría que pedirle ayuda a Denzil; él sólo no podría realizar la operación para sustituir el talismán corazón—. No quiero apresurarme y fastidiar algo tan simple, y necesito consultar con alguien familiarizado con la anatomía de las hadas para asegurarme de no haber pasado por alto algo de tu fisiología. Tú también puedes conocerlo. Es el hada que me entregó las luces de fuera.

—De acuerdo —repitió Callisto sin sonar muy emocionado, pero al menos quería darle ese consuelo.

—¿Te importa que vuelva a usar el hechizo de traslación? —preguntó, acercándose al borde de la silla—. No pude verlo tan bien como me habría gustado.

—Claro —respondió Callisto y justo después puso una mueca de dolor, su cara se puso de un gris preocupante—. Lo siento, espera… —tartamudeó y se presionó el talismán corazón con una mano temblorosa.

Mervyn observó la mueca de dolor, preguntándose lo que ocurría; pero seguramente era el hechicero drenando energía de Callisto. Si era lo suficiente cruel para extraer el corazón del pecho de un hada, no tenía motivos para calmar el dolor que resultaba el intercambio.

Sin saber lo que hacer —aunque estaba bastante seguro de que las palabras no serían reconfortantes— hizo un boceto del aspecto del talismán corazón y tomó notas de para qué servía cada curva y esquina.

—Vale, ya deberías poder —dijo Callisto con la voz algo temblorosa. Mervyn asintió, frunciendo el ceño al mirar fijamente a Callisto. Tenía peor aspecto que antes, y esperaba que el hechicero no fuera lo bastante estúpido para drenarlo del todo.

—Quédate quieto —le dijo lo más tranquilizador que pudo. No esperó respuesta, volvió a lanzar el hechizo de traslación. Todavía le sorprendió ver el talismán corazón, pero no dejó que le distrajera, se concentró en construir el boceto y en dibujar los símbolos mágicos. Era un conjuro complejo, tal y como esperaba, y no quería pensar en cómo se le había ocurrido a ese hechicero y cómo había refinado el trabajo mágico que ocupaba el lugar del corazón de Callisto.

—Puedo trabajar con esto —murmuró Mervyn al dejar que el hechizo de traslación se disipara. Tomó más notas antes de pasar a una página en blanco y dudar—. ¿Puedes decirme lo que recuerdas de la conjuración? Sea lo que sea puede serme de ayuda.

—No recuerdo mucho —dijo Callisto en voz baja, juntándose las primeras capas de ropa. Mervyn tomó nota de buscar un talismán calorífico y otra para preguntar que otros efectos secundarios sufría como resultado del talismán corazón. Seguramente podría aliviar la mayoría con varios talismanes suplementarios—. Fue… hace unas noches. Buscaba una posada o algún lugar para quedarme… —Dudó, pero no entró en detalles—. Le pregunté a alguien.

Mervyn asintió para que siguiera, no le presionó, dejó que hablara a su ritmo.

—Bajé por un callejón —continuó Callisto, frunciendo el ceño mientras recordaba—. Estaba oscuro, y recuerdo que… Pensé que la persona a la que pregunté iba a asaltarme.

Anotó eso: puede que hubiera más de una persona inmiscuida en este asunto. Y era probable, porque debía ser difícil reemplazar un corazón.

—Escuché algo a mi espalda y me giré a mirar —dijo Callisto sacudiendo la cabeza—. Luego no recuerdo nada más.

—¿Te golpearon física o mágicamente? —preguntó él, aunque parecía ser lo segundo. De todos modos nunca venía mal ser minucioso.

—Mágicamente, ¿creo? No me dolió —contestó Callisto—. No recuerdo que doliera, aunque no creo que sirva de mucho. No recuerdo casi nada.

—De acuerdo —dijo Mervyn, anotando unas cosas—. ¿Y cuando te despertaste?

—Aún estaba en el callejón —respondió y empuñó las manos, parando el temblor momentáneamente—. Me dolía el pecho, pero no entendía por qué; no hasta que el hechicero me drenó energía por primera vez.

—¿Dejó algo contigo? ¿Podrías volver a encontrar el callejón? —preguntó, aunque ya no tenía importancia. Si un hechicero se había tomado tantas molestias en mantenerse oculto tendría cuidado de no dejar ninguna pizca que pudiera identificarlo.

—No encontré nada —dijo Callisto en tono miserable—. Ni siquiera sé como supo… como supo que yo era un hada.

—Eres nuevo en la ciudad —señaló Mervyn, sus sospechas se confirmaron cuando el hada asintió. Tomó otra nota sobre eso: ¿cómo lo había descubierto el hechicero?—. Y supongo que no conjuraste nada.

—En la ciudad no —dijo Callisto negando con la cabeza—. ¡Ah! … de casa a aquí hay unos días de viaje y sé que nadie me vio. Estaba en casa; tenemos unas áreas especiales que no se pueden ver.

—¿Qué hechizo usaste? —preguntó, apuntando eso. Si el hechicero misterioso podía detectar hadas sin verlas conjurar y podía extraer energía de las mismas sin una vinculación… No quería pensar en las consecuencias de tal poder.

—Fue… un hechizo localizador —confesó Callisto en voz baja. Frunció el ceño unos segundos, pero, aunque de mala gana, añadió—: Estaba localizando a mi hermano. Estaba en la ciudad por asuntos de negocios pero tenía que haber vuelto a casa hace algunas semanas.

—Un hechizo localizador… ¿Lo introdujiste en algo? —preguntó Mervyn. Eso proporcionaría al hechizo la apariencia del amuleto de un hechicero y sugeriría que Callisto era un hechicero y no un hada.

—Por supuesto —dijo Callisto, pareció ofendido ante la insinuación—. No soy tan descuidado.

—Sólo me aseguraba —lo tranquilizó Mervyn, apuntando eso—. ¿Aún lo tienes o lo extinguiste?

—Desapareció cuando lo encontré —dijo Callisto e hizo un gesto de dolor, medio levantando una mano hacia su pecho antes de empuñar los dedos y dejarla caer otra vez en su regazo—. También fue estúpido. Tiene un amante o algo parecido y estaba demasiado obsesionado con eso para escribir o siquiera darse cuenta de que tenía que estar en casa.

—¿Quieres que le busque? —preguntó, aunque creía saber la respuesta. Las vinculaciones sin consentimiento se tomaban, estúpidamente además, como culpa del hada, cuando normalmente eran asuntos a la fuerza como éste.

—No —dijo Callisto con voz miserable, mirando fijamente su regazo—. Ya estaba molesto porque hubiera venido, si supiera lo que ha pasado se enfadaría más.

—Como desees —le dijo Mervyn. Quizás podría hacer que Denzil lo ayudara a buscarlo de todas formas—. ¿Qué efectos secundarios tiene el talismán corazón?

—¿Efectos secundarios? —repitió Callisto, claramente confundido por el cambio de tema.

—Su función es drenar energía y reemplazar el latido de tu corazón. ¿De qué otra forma te está afectando? —preguntó, tratando de no sonar demasiado clínico, aunque creía que había fallado.

—Ah, eh —tartamudeó Callisto. Sus pálidas mejillas se colorearon ligeramente—. ¿Tengo frío?

—¿En todo el cuerpo o sólo en tus extremidades? —inquirió Mervyn, apuntando más datos en su libreta.

—En todo el cuerpo —dijo, retorciéndose los dedos del nerviosismo—. ¿Aunque es peor en mis dedos? Y en mis pies. ¿Creo que por eso me tiemblan tanto los dedos?

—Es posible —concordó Mervyn, añadiendo «dedos temblorosos» a la lista—. ¿Alguna debilidad? ¿Falta de aliento?

—Ambas, pero sólo si trato de moverme mucho o hago demasiados esfuerzos —respondió, pareciendo más miserable con cada palabra que Mervyn apuntaba—. ¿También duele?

—¿Mucho o poco? —preguntó Mervyn, anotando que debía conseguirle un talismán bloqueador del dolor además de uno calorífico.

—Mucho —dijo Callisto dubitativo, como si admitiera una gran debilidad.

—¿Algo más? —inquirió, añadiendo unos recordatorios sobre lo que debía tener en cuenta al construir el talismán de reemplazo.

—No —contestó el hada en voz baja, mirándose las manos.

—Bien, bien —murmuró, tomándose unos minutos para ordenar sus ideas antes de continuar—. Esta es mi propuesta. Me tomará unos días, mínimo, construir el talismán de reemplazo, y seguramente será más tiempo si no puedo contactar con mi asesor. Por el momento, te proporcionaré talismanes para calmar el frío y el dolor que experimentas. También puedo ofrecerte una habitación aquí hasta que el talismán de reemplazo esté en su lugar, a menos que prefieras hospedarte en otro lugar.

—Yo… —Callisto parpadeó un par de veces, sorprendido—. ¿Cuánto costará?

—Nada —afirmó él con firmeza, dejando la pluma sobre la mesa y quitándose sus anteojos—. Como mucho, te pediría que me ayudaras a atrapar al hechicero responsable, pero esto nunca debió ocurrirte y no voy a agravarlo pidiéndote algo a cambio por arreglarlo.

—Eso tampoco es justo para ti —discutió Callisto, frunciendo el ceño—. El talismán… va a necesitar mucho tiempo y trabajo…

—Me gustan los desafíos —lo tranquilizó Mervyn—. Y tendré mi compensación cuando encuentre a tu atacante y se lo haga pagar, así que no te preocupes, de verdad. ¿Le digo a Evandie que te prepare una habitación? Sería más fácil tenerte aquí por si tengo que hacer algunos ajustes durante el proceso.

—Si no es molestia —accedió Callisto, y seguramente no tenía ningún otro lugar al que ir, pero no iba a presionarlo.

—No me molesta —dijo Mervyn con firmeza—. ¿Tienes tus pertenencias contigo o necesito enviar a alguien para recogerlas?

—Están aquí. La mujer que respondió a la puerta… ¿Evandie? —preguntó, continuando cuando Mervyn asintió—. Se las llevó a algún sitio mientras esperaba.

—Entonces será todo más fácil —comentó él, subiéndose la manga y presionando un botón de su reloj. Evandie tenía uno igual; la avisaría de que requería su presencia.

Y poco después Evandie llamó brevemente a la puerta antes de entrar. Ni siquiera miró a Callisto, se quedó mirando a Mervyn fijamente con una expresión de desagrado. Miró de reojo al reloj sobre la repisa de la chimenea y descubrió el por qué: eran las tres y media, la hora del té de Evandie.

—Lo siento, Evandie, pero, ¿podrías arreglar una habitación para Callisto? Se quedará con nosotros una semana más o menos —dijo Mervyn, ignorando la cara de enfado que puso. Se notaba que no aprobaba a Callisto—. Arréglalo todo, por favor, y avísame cuando acabes.

—Sí, señor —respondió Evandie con sequedad, frunciendo el ceño ligeramente al mirar a Callisto antes de volver a desaparecer.

—¿Te gustaría ver la casa? —preguntó Mervyn, recogiendo su libreta y su pluma y guardándolas de nuevo en el escritorio—. Puedes ir a donde quieras, aunque te pido que no entres en el sótano. Ahí es donde trabajo con mis conjuros y estar ahí abajo suele ser peligroso para todos menos para mí.

—Vale —dijo Callisto, levantándose poco a poco y arrebujándose más en su chaqueta.

—De hecho —siguió Mervyn, recogiendo sus anteojos y metiéndolos en su bolsillo delantero—. Bajemos ahí primero y así podré darte los talismanes bloqueador y calorífico.

—No me negaré a eso —concordó Callisto en voz baja, retorciéndose los dedos nerviosamente—. Eh, gracias, por todo. Tendrás que dejar que te ayude en algo…

—No hay nada más que hablar por ahora —lo riñó Mervyn, haciendo un gesto con la mano. Lo guió a la habitación, manteniéndose al mismo paso de Callisto. Se movía despacio, seguramente por la falta de corazón. Al pensar en el hechicero que le había hecho esto tuvo que ahogar otra ola de ira. Lo arreglaría, después podría permitirse sucumbir a la ira.

—Esta puerta da al sótano —explicó sin necesidad mientras abría la puerta, revelando unas escaleras que descendían a la planta baja—. Siempre está abierta, pero como mencioné, si se pasa de un cierto punto no es seguro para nadie más que yo.

—Bien —contestó Callisto, y pareció estar exhausto. El tour podía esperar; la casa no era tan grande y el hada podría explorar él sólo más tarde, cuando descansara.

—Sígueme —dijo Mervyn, bajando las escaleras lentamente—. La zona segura está delimitada en blanco, no traspases los confines de la línea blanca sin mi permiso, por favor.

—De acuerdo —respondió el hada en voz baja.

El resto del trayecto escaleras abajo fue totalmente silencioso, menos por la respiración algo trabajosa de Callisto. Mervyn no lo apresuró, sus pasos siguieron siendo lentos y meditados mientras no dejaba de pensar en dónde podía haber guardado los talismanes que necesitaba para él.

El talismán bloqueador era fácil de encontrar: estaría en una de las habitaciones de magia curativa, seguramente en su botiquín de emergencia. El talismán calorífico podía estar ahí, pero también podía estar en la habitación de magia ígnea, ya que era un talismán ígneo muy modificado.

—Ahora mismo vuelvo —dijo distraídamente Mervyn al llegar los dos al final de las escaleras. Primero entró en la habitación del extremo izquierdo, escudriñó los arcones, las cajas de talismanes y otras herramientas diversas antes de encontrar por fin el talismán bloqueador en el que había pensado. También había otros dos: uno más fuerte y otro más débil del que no se acordaba. Dudando, terminó escogiendo el más fuerte; que te reemplazaran el corazón por un talismán mal hecho necesitaría un talismán bloqueador de alto nivel.

Volviendo al pasillo, no le sorprendió ver a Callisto sentado en los últimos escalones con un aspecto tan horrible como antes, sino peor.

—El talismán bloqueador —dijo Mervyn, cruzando la línea blanca gastada y medio despegada que delimitaba la zona segura del sótano.

El talismán parecía bastante inofensivo, pero nunca le habían gustado mucho los talismanes llamativos que mostraban la magia que contenían. El hechizo bloqueador estaba incrustado en un brazalete tejido, barato y de muchos colores, que se anudaba en la muñeca.

En defensa de Callisto, cuando le enseñó el talismán no lo miró con desdén ni con incredulidad, aunque podía estar demasiado cansado para importarle nada.

—¿Me enseñas el brazo? —pidió Mervyn educadamente y siguió hablando cuando Callisto le ofreció su brazo derecho—. Éste es un bloqueador de alto nivel. No debería quitarte el sentido del tacto: su objetivo es el dolor y sólo eso. Pero aun así, ten cuidado porque mientras lo lleves no sentirás mucho dolor a menos que te hagas una herida grave. También es limitado; absorberá tu dolor hasta cierto punto y luego el hechizo se extinguirá, así que cuando eso ocurra, dímelo.

—Lo haré —dijo Callisto en voz baja, observando a Mervyn atarle con cuidado el brazalete. El hechizo se activó al garabatear rápidamente un sigilo en el aire y susurrar unas palabras, de inmediato gran parte de la tensión de Callisto desapareció de golpe.

Mervyn sonrió, satisfecho, y Callisto le devolvió la sonrisa, pero sólo un poco.

—¿Sientes algún dolor? —preguntó, enderezándose y soltándole el brazo.

—No… Apenas nada —dijo Callisto, tocándose el talismán del pecho—. Está mucho mejor.

—Modificaré el siguiente por si ése se gasta antes de tener listo tu talismán de reemplazo —le prometió, apartándose el pelo de la frente.

—Éste funciona —dijo Callisto, encogiéndose de hombros—. No tienes que molestarte innecesariamente.

—No es molestia —dijo Mervyn en tono ausente, apenas prestando atención a la protesta de Callisto. Y no era molestia: tendría que hacer el talismán de cero de todas formas, modificarlo para que soportara más dolor no era difícil. Sin esperar a la respuesta de Callisto, se dirigió al taller ígneo.

Desafortunadamente era el taller más desorganizado porque apenas le dedicaba tiempo a sus hechizos ígneos. No eran muy complicados, pero su potencial de desastres era demasiado alto. Le gustaba su casita, no quería que ardiera en llamas, como les había ocurrido a la mayoría de hechiceros que sabía que jugaban demasiado con fuego.

También era el taller más pequeño, y por eso sólo le tomó quince minutos determinar que el talismán calorífico no estaba allí. Volvió a la sala principal y entró en su segundo taller de magia curativa. Hizo una búsqueda rápida y no encontró el talismán, así que se paró a pensar en dónde podía haberlo dejado.

No hacía tanto que lo había creado: había estado experimentando una nueva forma para acabar el talismán… lo que seguramente quería decir que lo había dejado en el taller principal en vez de guardarlo como debía.

Callisto aún estaba sentado en los escalones, pareciendo como si se estuviera quedando dormido con los ojos abiertos, y Mervyn le sonrió tímidamente antes de ir al taller más grande. Aquí hacía la mayor parte de sus trabajos mágicos, a menos que fueran delicados como los talismanes ígneos o de comunicación.

El talismán estaba en una de las mesas auxiliares, medio tapado por un libro de referencias sobre talismanes acuáticos. Lo tomó, frunciendo el ceño al ver el medallón tan femenino que tenía el colgante. No se había acordado de eso, pero dudaba que a Callisto le importara a menos que no funcionara. No es que el talismán fuera permanente.

Saliendo del taller, levantó el colgante mientras iba hacia Callisto, que seguía en los escalones.

—Este talismán es más simple —dijo Mervyn—. Y siento lo del objeto; estaba experimentando y era útil. Todo lo que tienes que hacer es ponértelo alrededor del cuello y empezará a funcionar. También puedes quitártelo sin romper el hechizo, pero abróchalo sólo cuando lo tengas puesto o se gastará.

—Bien —contestó, mirándose los dedos aún temblorosos—. ¿Puedes hacerlo tú? Yo no creo poder conseguirlo.

—Ah, claro —aceptó Mervyn, sacudiendo la cabeza—. Claro, no hay problema.

—Gracias —dijo Callisto, levantándose poco a poco y sujetándose en el muro de la escalera para mantener el equilibrio. Era algo más bajo que Mervyn, así que fue fácil ponerle el colgante.

—Este talismán es como el bloqueador —dijo en voz baja, asegurando el pequeño cierre del colgante y tratando de no notar lo cerca que estaba de Callisto—. Su efecto acabará, así que cuando ya no funcione dímelo y te daré uno nuevo.

—Lo haré —cedió Callisto y se tensó de repente, su respiración se hizo irregular mientras buscaba a tientas la pared. Mervyn por fin consiguió terminar de ponerle el colgante y lo dejó caer para que el medallón se apoyara en la clavícula de Callisto.

—Oye, no pasa nada —lo tranquilizó Mervyn, y dudó pero al final se rindió al deseo de abrazarlo, esperando que fuera firme y reconfortante.

Callisto no se lo devolvió, pero Mervyn no esperaba que lo hiciera con lo distraído que estaba con el drenaje de energía. Había durado más que el anterior, y se preguntó si podía hacer algo para aliviarlo; aunque sería mejor que se concentrara en el talismán corazón de repuesto.

—Lo siento —murmuró Callisto, apartándose del agarre de Mervyn. Parecía más cansado que antes, y Mervyn frunció el ceño, preocupado.

—No te disculpes —dijo, negando con la cabeza y soltando a Callisto con algo de renuencia—. ¿Qué tal el talismán?

—Oh, eh, funciona bien, gracias —contestó Callisto, y él asintió. Le alegraba que funcionara como debía.

—¿Cuánta energía te queda? —preguntó él en voz baja, haciéndole un gesto al hada para que subiera las escaleras—. Odio decirlo, pero no creo que sea de los que racionan.

—Cierto —dijo Callisto débilmente, subiendo las escaleras poco a poco—. Creo que… ¿la mitad? Y se repondrá hasta cierto punto, aunque no tanto como si…

—Como si tuvieras tu corazón —acabó Mervyn cuando Callisto no siguió—. De acuerdo. —Así que, seguramente tenía apenas tres días para reemplazar el talismán antes de que el hechicero le drenara por completo, teniendo en cuenta que le había tomado tres días dejarlo a la mitad de su capacidad. Aunque el hechicero podía lanzar más hechizos cuanto más drenara a Callisto, así que era posible que fueran menos de tres días.

—¿Hay algo que pueda hacer para aumentar tu poder de regeneración y conseguir más tiempo para crear el nuevo talismán? —preguntó cuando llegaron a la mitad de las escaleras.

—No —respondió Callisto, sacudiendo un poco la cabeza—. Sólo toma tiempo. ¿Cómo la energía de los hechiceros?

—Cierto —confirmó, tomando nota de preguntárselo a Denzil. Puede que supiera algo que Callisto no, o que pudiera darle algo de su energía. Mervyn esperó hasta llegar al principio de las escaleras para pulsar el botón de su reloj y volver a llamar a Evandie. Ya estaba medio distraído con el trabajo que debía hacer.

—A menos que tengas alguna objeción, dejaré que descanses y reservaremos el tour para después —dijo, sonriendo brevemente al ver el alivio que Callisto no pudo esconder.

—Lo aprecio —agradeció Callisto, y pareció incómodo antes de preguntar—: ¿Estás seguro de que no hay nada que pueda hacer para compensarte?

—No, de verdad que no, y no te preocupes por eso por favor —comentó Mervyn, preguntándose cómo podía hacérselo entender. Quizás Denzil pudiera convencerlo.

—Evandie —saludó él cuando apareció por las escaleras que llevaban al piso de arriba—. ¿Puedes llevar a Callisto a su habitación y asegurarte de que se instala? Yo estaré abajo el resto de la tarde.

—Sí, señor —dijo Evandie, haciéndole una señal a Callisto para que la siguiera. Ella lo miró una última vez con desaprobación —con Evandie los encuentros no eran reales a menos que desaprobara algo— y lo guió escaleras arriba.

Esperó hasta que estuvieron a mitad de las escaleras para bajar a sus talleres. Tenía una carta que escribir y un talismán corazón de repuesto que construir.

Libro