Extracto: Lencería rojo caramelo y un Louisville Slugger

Diego caminó por el sueño. No eran las imaginaciones habituales de un sueño profundo, sino la clase de sueño del que su abuela hablaba en susurros, allí donde el velo del tiempo se apartaba para mostrarle el futuro. A diferencia de una escena onírica habitual, donde los colores eran planos y la gente fragmentos de una sola dimensión de su imaginación, en el sueño algún día sería capaz de avanzar mientras los hechos se desarrollaban alrededor de gente de verdad.

A duras penas tenía doce años, y aquel era su primer sueño. Abuela habría estado orgullosa, y aunque quería ir corriendo para contárselo, Diego tenía que dejar su entusiasmo a un lado y llevar a cabo su labor como era debido. No sería capaz de salir del sueño hasta que el velo volviera a caer, pero, ¿por qué iba a querer hacerlo? Aquello era una bendición de los dioses. Su responsabilidad era observar y aprender, y todavía más importante, debía recordar.

Una densa niebla le acarició la piel mientras la neblina avanzaba a su alrededor. Su toque frío hizo que un estremecimiento le recorriese la columna. Estaba de pie en un almacén, y el cemento estaba cubierto por una capa de suciedad que se le adhería a los pies descalzos. El olor de aceite viejo le quemaba la nariz y le cubría la lengua. No importaba cuántas veces tragase, su sabor rancio se le aferraba a la boca. Había gente apretujada alrededor de un círculo pintado en un espacio vacío del suelo; Diego reconoció a muchos miembros de la banda que pertenecía al Hombre, quien gobernaba las calles del este de Los Ángeles con puño de hierro.

Se le hizo un nudo en el estómago. Nadie le miró ni pareció notar su presencia, pero de todos modos se apartaron de su camino. Los dedos de sus pies rozaron la amplia línea blanca; no estaba pintada en el suelo, tal y como había pensado al principio, sino que tenía un tacto casi de tiza, parecido al polvo que usaban para marcar el diamante en el béisbol. El ruido del grupo le ponía nervioso. Podía ver sus rostros, las bocas moviéndose de manera exagerada al hablar, pero las voces eran extrañas: su habla lenta y desdibujada hacía que las palabras fueran casi ininteligibles. Pero la risa… las escalofriantes carcajadas se deslizaban sobre su piel y le llenaban de pavor.

Al otro lado, la multitud alzó a alguien por encima de ellos. La persona pasó por los brazos extendidos hasta llegar al borde del círculo, donde le dejaron de pie, dentro del mismo. El hermano de Diego, Héctor, parecía al mismo tiempo nervioso y excitado mientras daba saltos por el interior del círculo sobre las puntas de los pies. Siendo cinco años mayor que Diego, Héctor era la persona más alta de la familia , aunque apenas llegaba al metro setenta y cinco. Diego quería tener un cuerpo fuerte como el de su hermano cuando fuese mayor, pero su madre le había dicho que Héctor pasaba demasiado tiempo en el gimnasio y no el suficiente estudiando como para conseguir buenas notas. Héctor afirmaba que tenía que ser fuerte para proteger a las hermanas de los vatos. Diego no pudo negar lo orgulloso que se sintió guando la gente retrocedió un paso, cautelosa, cuando Héctor se acercó dando saltos, gritando entusiasmado a la multitud. Su hermano tenía fama de ser implacable cuando defendía a la familia, y los vatos habían aprendido a las malas a mantener las distancias.

Alguien —algo— entró en el círculo; era una figura borrosa y delgada, como si se tratara de un fantasma y no de una persona sólida. Héctor se detuvo frente a la aparición, serenando el rostro y dándose golpecitos en el muslo con el dedo meñique, nervioso. ¿Quién era la figura para ponerle nervioso de aquel modo? No tenía miedo a nada, nadie le asustaba. Bueno, puede que hubiese una persona que sí le daba miedo: el Hombre del Cadillac. Y, ahora que pensaba en ello, la sensación que le recorría la piel no era debida a la multitud, sino que la había causado en todo momento la cercanía del Hombre del Cadillac.

—Héctor Emmanuel Hernandez. —Diego se encogió, sobrecogido de que Héctor le hubiese dado a alguien su nombre completo. Su abuela les había advertido de que no debían hacerlo nunca. Los nombres tenían poder, y podían ser usados contra uno. La calidad rasposa de la voz hizo que a Diego se le erizara el vello—. ¿Juras darme tus servicios, hacer tal y como te ordeno por propia voluntad, y ser leal a mí a cambio de la seguridad de tu familia?

Héctor asintió con la cabeza ante cada pregunta, dando saltos sin moverse del sitio.

—Sí, señor.

Un humo negro se elevó desde la figura desdibujada, y sus hilos se enredaron en los tobillos de Héctor.

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