Extracto: Reglas para triunfar en el mundo de la música

1. No tienes otra oportunidad para causar buena impresión

Hoy, el vestíbulo del McCaw Hall está lleno hasta los topes. Stephen Cale es uno de los ochenta y tantos aspirantes esperando su turno para la audición. También es el único que no suda la gota gorda, el único que no se mueve como un loco y el único que no hiperventila.

Esto se debe a que Stephen pierde los papeles por dentro. Ya se siente vestido de más con unos pantalones de vestir gris, un chaleco de vestir negro y una camisa blanca. Casi todos los demás van de manera más casual. Se sube las gafas, preguntándose si debería haberse puesto lentillas. ¿Y si las gafas daban la impresión de que intentaba imitar el estilo de un profesor negro? «Eres un profesor negro», se dice a sí mismo. Quizás ése sea el problema. Dios, ¿y si se disparaba en el pie antes de siquiera dar un paso hacia el auditorio?

Puede que sea el día más importante de la carrera musical de Stephen. Dice «puede» porque aquí hay muchos pianistas con talento, y hasta ahora todos ellos han salido casi hechos un paño de lágrimas. Justo delante, tras esas puertas casi insonorizadas, se celebran las pruebas para la última estrella de Seattle: la banda de rock Dewdrops in Thunderdome.

Dewdrops in Thundertome —o «DnT» como la llamaban sus aficionados— se estaba convirtiendo en algo tan sinónimo de Seattle como el Space Needle o el Starbucks Headquarters. (Y tenía gracia que su primer single de éxito se titulara Starbuck Syringe, una balada épica sobre la adicción a la cafeína. Ciertamente un tema que muchas personas podían comprender.) Presumiblemente su estilo estaba entre el rock progresivo y el piano, pero DnT dejó claro rápidamente que no los clasificarían con tanta facilidad. Desde sugar-pop pegajoso a baladas llenas de sentimiento, pasando por los jams metal y los álbumes conceptuales, DnT era simplemente DnT.

Stephen no es un aficionado, per se. Su horario de trabajo actual no se lo permite, al tener que enseñar y buscar tiempo para practicar sus propias piezas. Sin embargo, le gusta escuchar. Al ser natural de la ciudad, ha escuchado repetidas veces el repertorio de DnT y también ha seguido las puntuaciones de sus críticas. Así fue como había leído por Internet que Theo, el teclista original de la banda, se había marchado tras una discusión con el resto del grupo. Nadie sabe de lo que trató, o si se trataba de algo diferente a que la amistad dejó de ser lo que era. Así que ahora necesitan a un nuevo teclista y todo aquél con acceso a un piano quiere el puesto.

Stephen se mueve en su asiento. Su partitura está arrugada y con signos de uso, pero está listo. Va a tocar algo que él mismo ha compuesto.

La puerta se abre. Él y todos los demás giran la cabeza de golpe para ver a la última aspirante, una chica rubia y bajita, salir como una exhalación. La chica procura no mirar a nadie a los ojos mientras se marcha mordiéndose el labio. Stephen se recuesta en su incómoda silla plegable soltando un suspiro. Se siente mal por todos los que no son escogidos pero, ¿qué pensaban que iba a pasar? Algunos de los que esperaba tienen pinta de no haber recibido nunca una crítica más dura que la de sus sobreindulgentes padres. En la habitación hay talento de verdad —él mismo conoce a algunos personalmente—, pero es de inocentes pasar todo el tiempo practicando en tu garaje y venir aquí esperando que Dewdrops in Thunderdome te escoja.

La puerta sigue abierta, y ahora aparece una conocida mujer afroamericana. Frieda Locke es la clase personificada y no soporta sandeces de nadie; dirige DnT tan impecablemente como se calza su traje de tres piezas azul marino.

Frieda mira su gráfica.

—¿Stephen Cale?

Stephen respira profundamente y se levanta. Intenta ignorar todos los ojos que están puestos en él, bromea para sí que si consigue el puesto tendrá encima muchos más. Cuando las pesadas puertas se cierran tras él, acaba sobresaltándose. El auditorio está vacío excepto por los miembros de DnT, que se sientan frente al escenario. Los asientos vacíos son intimidantes. Stephen imagina el lugar lleno, cientos de personas han venido sólo para oírle tocar. Casi es demasiado para él. Se concentra en la música que tiene en las manos y antes de darse cuenta, Frieda lo tiene frente al teclado que deben de estar usando para las audiciones.

—Stephen Cale —anuncia Frieda a la banda—. Actualmente es profesor de música de un instituto, adora todos los estilos musicales y sus influencias incluyen a Chopin y a los Beatles.

Stephen siente calor en la cara. Cree que se ha ruborizado. ¿Por qué demonios puso eso en la solicitud? Todo el mundo estaba influenciado por los Beatles, maldita sea.

—¿Queréis escuchar la historia que hay detrás de mi pieza o me limito a tocarla? —Le impresiona que no le tiemble la voz.

Ahora que tiene excusa, mira a la banda de arriba abajo. Los líderes, Ben y Alex McMaster, son los que más cerca están de él, en la fila delantera. De hecho, Alex está recostado con una pierna colgando del brazo del asiento y apoyando el pie en el de contiguo. No parece una posición cómoda, pero a él aparentemente no le molesta. Stephen apenas puede diferenciar a los gemelos. Los dos son pálidos, con el pelo corto y castaño y ojos verdes. Alex tiene el flequillo engominado para hacer pinchos mientras que Ben lo tiene engominado hacia atrás. Decide que Ben parece… más duro que Alex; más serio. La bajista, Maxine “Max” Chavez, está enrollándose un mechón de pelo en el dedo, frunciendo los labios y apoyándose en el batería, Joseph Sidleman. Aun sentado, Joseph es más alto que los demás, acicalado, callado y reflexivo. Los cuatro visten con unos simples vaqueros azules, camisetas vintage y chaquetas de cuero. Ahora Stephen se siente más fuera de lugar si cabe.

Ben le hace un ademán con la mano, así que él asiente y comienza a tocar. Vierte su corazón en la conmovedora e inolvidable melodía. El tempo se vuelve frenético y errático al pasar los minutos, y Stephen acaba cerrando los ojos sin notarlo mientras se imagina destrozado, despreciado y perdido.

Al acabar, abre los ojos y encuentra a los cuatro miembros mirándole boquiabiertos. Alex le mira directamente a los ojos. Stephen se obliga a devolver la mirada y trata de ignorar el hormigueo que siente en el estómago. Nadie ha dicho palabra. Aguarda e intenta no moverse demasiado en el asiento.

Alex es el primero en recuperar la voz.

—¿Qué canción era esa? No la reconozco.

Stephen se aclara la garganta.

—Es, eh… es mía. Yo la compuse. —Cuando los gemelos se miran con incredulidad, añade—: No tiene nombre. Pero he estado pensando en uno. Ungrateful. Creo que, uh, le queda bien a la canción que estoy escribiendo.

—¿Eres letrista? —Esta vez pregunta Max, que hace tiempo que se ha puesto en pie para mirarle mejor.

Stephen se sube las gafas sintiéndose tímido.

—Sí.

—Estás contratado —dice Ben. Mira a su alrededor, esperando las protestas de alguien. Nadie dice palabra—. Bienvenido abordo, Stephen Cale. Si escribes la mitad de bien que compones, deberíamos suicidarnos ahora mismo porque no conseguiremos a alguien mejor para el puesto.

Frieda ríe y sale a comunicarles a los demás aspirantes que las audiciones han terminado. Pero es cuando abre las enormes puesta que Stephen asimila lo que acaba de ocurrir. Es el nuevo teclista de Dewdrops in Thunderdome. Stephen Cale, el profesor de música, está en una banda de rock.

Le echa una ojeada a sus compañeros de banda sin creerlo. Sigue sin creerlo aun cuando se dan oficialmente los nombres y se saludan. Alex es el último al que le estrecha la mano mientras mira fijamente a esos ojos verdes y disfruta de la calidez de esa sonrisa.

Es el comienzo de algo especial.

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