Extracto: Si los deseos fueran café

Cuando una ráfaga de viento mandó a volar las fundas de café que había en el alféizar de la ventana de atención al cliente, que acabaron cayéndole en los pies, Todd estaba intentando agarrar una pila de vasos que había debajo de ella. Por supuesto, era el único que había trabajando y por eso tenía que mover él solo las placas de plexiglás que formaban parte de las tres ventanas. Y todo eso antes de que la lluvia mojara el montoncito de postales que Rita insistía que dejara también en esa zona a prueba de sol y chaparrones vespertinos.

Escuchó el portazo de un coche anunciando clientes y contuvo un gemido, dándose prisa en arrojar los vasos bajo el mostrador y en apilar las fundas como le fue posible. Al erguirse, movió el brazo y volvió a tirarlas. Se miró fijamente la mano: le hormigueaba como si le hubiera dado un calambre, y tardó un par de segundos en notar que también le pasaba lo mismo en el cerebro. Fue como aquella vez que se quedó atrapado en una tormenta eléctrica y tuvo que lanzarse a una zanja antes de que cayera el rayo. Aunque en ese momento, y que él supiera, no tenía el pelo de punta por la electricidad estática.

—Lo siento muchísimo. Deje que le ayude.

Lo que había conseguido apilar salió volando otra vez cuando retrocedió hacia atrás del sobresalto. Le habían acusado de tener las orejas de un murciélago, pero más por su forma que por su agudeza auditiva. Tanto si las tenía como si no, el hecho era que no había escuchado entrar a nadie en la tienda, y que el hombre en cuestión estaba a quince centímetros de él.

—No, no se preocupe. No ha sido culpa suya —contestó Todd en tono distraído, mirándose aún la mano—. Al menos no la primera vez. Dígame, ¿está relampagueando ahí fuera? —Al levantar la vista y mirar de verdad esta vez, se sobresaltó al sentir un hormigueo de diferente naturaleza. Eran los ojos más verdes que había visto en su vida. Algo que sólo podía salir de una caja de 400 lápices Crayola, entre el color trébol, el pradera y el Caribe. Y no es que se hubiera aprendido los nombres de los colores ni nada. Dejó de hacerlo a los ocho años.

—No, hace sol. ¿Por qué? —Una gota de agua bajó por su adorable pelo, dejó atrás un adorable ojo (que por un momento brilló más) y cayó en el mostrador.

La salpicadura, aun siendo tan silenciosa como fue, hizo que dejara de mirar esas mejillas perfectas y volviera a centrarse en lo que tenía que hacer.

—Eh, el viento se ha levantado sin más, por eso creí que había tormen… mierda. Eso quiere decir que hay un cortocircuito en alguna parte. —Recordó la gota de agua—. Cortocircuito. Mierda, mierda. ¡Está mojado, apártese del mostrador! Mierda. —Por su mente no dejaron de aparecer visiones de su cliente electrocutándose, de su adorable cliente, como si de zapatos de claqué se tratara.

—De hecho, ahora que lo menciona… —dijo Chico Adorable con pinta de estar incómodo.

—No, de verdad, tiene que apartarse de aquí. —Todd pasó bajo la sección plegable del mostrador—. Estoy convencido de que nuestro seguro sólo cubre a los empleados.

Chico Adorable no se movió, y cuando Todd reapareció al otro lado del mostrador acabaron cara a cara. La nariz antes perfecta había pasado a ser una nariz rota en la Liga Menor que aún seguía algo torcida. El pecho marcado no estaba tan marcado. Darse cuenta de que el ruido ahogado, parecido al de un juguete chirriante para perros, había salido de su garganta no fue su mejor momento.

—Prometo no electrocutarme. —Pero la sonrisa de mil millones de vatios pareció insinuar que podría pasarle a otra persona. Como si le leyera la mente, su sonrisa menguó—. Ni tampoco electrocutarle.

Todd se cruzó de brazos y se frotó el vello que tenía de punta.

—Bueno, no creo que vaya a ser un problema, pero gracias por confirmarlo. —Sonrió de oreja a oreja—. En fin, ¿desea pedir algo? Me siento bastante cargado y ya que estoy podría probar suerte con la maquinaria eléctrica.

Chico Adorable puso cara de dolor.

—Ya, lo siento. ¿Qué tal un Playa de Oro?

—Buena elección. No es por alardear, pero ése fue invento mío. Espresso, sirope de caramelo, caramelo cristalizado y jengibre espolvoreado sobre nata montada.

—Ya veo. Así parece arena, muy inteligente. —Chico Adorable asintió—. Ya veo las similitudes. Una cafetería llamada Los Granos de Café Oro, en una ciudad llamada Playa Escondida. —Esa expresión pensativa que tenía también era adorable—. Eh… granos… ah, ¡granos dorados de café! En la ciudad de la playa escondida.

Si los deseos fueran café