Extracto: Tesoro

Taka caminaba a zancadas por los oscuros pasillos del palacio, deseando con fervor no encontrarse con nadie más. No quería tener que explicar por qué se dirigía a los aposentos privados de Nankyokukai pasado el toque de queda.

Las velas titilaban en sus candelabros; la mitad de las que recordaba encendidas de niño. La alfombra que cubría los pasillos era la misma, pero ya estaba desgastada y descolorida. En otro tiempo hacía mucho que ya la habrían cambiado.

Tiritó con el aire frío que entraba por una ventana en la intersección de los tres pasillos. Taka giró a la derecha y siguió su camino sin soltar el rollo de tela azul oscura que llevaba en la mano.

A sus oídos llegó el sonido de unas campanas y maldijo en voz baja; buscó por los alrededores y se escondió tras una gran estatua del rey Taiseiyou II. Se hizo lo más pequeño que le fue posible y trató de acordarse de respirar mientras el sonido de las campanas se acercaba.

Campanas y demasiados pies, pensó con el ceño fruncido, pero resistió el impulso de mirar, porque cuanto menos supiera mejor para todos. Se encogió al escuchar la voz profunda e inconfundible de Taiheiyou, en nada parecida a la tenor de su hermano. ¿Por qué?, pensó irritado, ¿por qué tenía que acabar siempre en el lugar y el momento equivocados? Ya era mala suerte acabar cruzándose con el príncipe heredero en medio de un encuentro furtivo a media noche.

Por favor, por favor que no sea con…

Como si le hubieran leído la mente, una risita muy familiar acabó con lo que le quedaba de tranquilidad, y Taka acabó enterrando la cara entre las manos para ahogar un quejido. Si hubiera forma de poder salirse con la suya sin repercusiones, asfixiaría a Taiheiyou con sus propias manos en ese mismo momento.

Nunca comprendería por qué el rey favorecía al promiscuo y descerebrado de su hijo mayor cuando tenía a Nankyokukai. Que las tormentas los guardaran de la continuada estupidez de la familia real. Taka miró el muro con mala cara mientras esperaba que Taiheiyou y lady Etsuko se marcharan. No podía esperar a ver la vorágine que se crearía cuando su padre la atrapara. Marcaría el final de las prósperas nupcias que su padre tanto deseaba con lord Hamasaki

Casi le entristecía saber que no estaría por allí cuando los atraparan y cayera el rayo. Se preguntó si enfurecer a lord Hamasaki sería la ola que volcara la barca, y si Taiheiyou acabaría de un empujón en la piscina de los tiburones reales como merecía.

Sólo de pensarlo casi se le escapaba la risa, pero se contuvo a tiempo.

Varios minutos después, la parejita siguió adelante, en dirección, tal y como notó Taka, a los aposentos reales. Normalmente le irritaba que Nankyokukai, en sus continuos esfuerzos para ver cuál de los hijos conducía primero a su padre al homicidio, eligiera la parte sur del palacio para sus aposentos. Le proporcionaba una vista preciosa de la ciudad real, pero también le alejaba literalmente de todos los lugares importantes del palacio.

Pero justo en ese momento lo agradecía. Si hubiese tenido que esperar a que Taiheiyou y su florecilla llegaran a la habitación del primero, le habría ahorrado al rey el esfuerzo de matarlo. Resoplando, se apartó de la cara parte de su cabello verde oscuro, salió de su escondite y cruzó los pasillos con más rapidez.

Soltó un suspiro de alivio cuando por fin alcanzó el pasillo de los aposentos de Nankyokukai. No se molestó en llamar al llegar a la puerta; la abrió sin más y entró. Cerró la puerta con cuidado y cruzó la sala de estar sin hacer ruido, hasta llegar a las tres puertas del lado contrario y escoger la que estaba más a la derecha. La abrió y le llamó en voz alta.

—¿Alteza?

—Estoy aquí —contestó Nankyokukai, saliendo de las sombras que le ocultaban. Tenía un aspecto inusual con su largo pelo recogido en una trenza y no suelto como acostumbraba a llevarlo—. Taka, vamos… ya te dije que tu presencia no es requerida.

Taka puso los ojos en blanco.

—Alteza, no soy tan estúpido como para dejaros a vuestro aire. Si insistís en callejear, yo insisto en acompañaros, y realmente creo que deberíamos dejar ya de discutir este asunto.

Nankyokukai rió con suavidad y Taka recordó otra vez más el motivo de que el rey prefiriera a Taiheiyou. Si se hubiera atrevido a hablarse así a Taiheiyou, habría acabado preso y humillado públicamente al siguiente día como mínimo.

—¿Qué te tiene tan gruñón, Taka? —preguntó Nankyokukai—. ¡No me digas que ese delegado de Pozhar ha vuelto a intentar ganarse tus atenciones! Creí que me había encargado de él.

—Y así fue, alteza. De hecho, creo que su majestad también se encargó de ello, aunque no me dijo nada.

—No, imagino que no —comentó Nankyokukai en voz baja—. Su majestad no actúa así. Pues entonces, ¿qué te tiene tan irritable? ¿Eh? —Extendió la tela que tenía entre las manos y se rodeó la cabeza y los hombros para hacer una capucha, sujetándola con un cierre de plata con la forma de la cabeza de un dragón.

Taka resopló. Incluso cuando Nankyokukai se esforzaba hasta lo indecible por parecer perfectamente normal fallaba miserablemente. Era demasiado apuesto, demasiado regio y demasiado él para ser ordinario.

—Desearía fervorosamente que me dijerais a qué se debe esto.

—Y yo desearía fervorosamente que me dijeras lo que te tiene tan enfadado —replicó Nankyokukai—. Ya que yo soy el príncipe y tú mi secretario, habla.

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