Extracto: Torneo de perdedores

Durante el transcurso de sus treinta y tres años, Rath había sido despertado con toda una variedad de métodos más que desagradables.

El menos favorito de todos era que lo sacase a rastras de la cama alguien enfadado con ansias de sangre, y aquello incluía la ocasión en la que alguien le había lanzado agua hirviendo encima, provocándole quemaduras que habían tardado siglos en curarse.

Rath gruñó, dando patadas al aire con violencia cuando volvieron a golpearle la cabeza contra el suelo, sintiéndose algo aplacado por el grito de dolor que soltó el matón al que había logrado alcanzar. Consiguió ponerse en pie y empezó a golpear a diestra y siniestra, usando su tamaño para asestar golpes fuertes que por fin hicieron que sus asaltantes lo dejaran en paz.

Pero entonces alguien más grande que él consiguió propinarle un buen golpe, y Rath cayó de rodillas, desorientado, cabreado y demasiado resacoso como para poder evitarlo.

―Buenos días, Rata.

Bueno, aquello reducía la lista de quién iba a por él. El por qué todavía no estaba claro, aunque podía adivinarlo. Alzó la mirada con esfuerzo, manteniendo bajo control su estómago revuelto, y fulminó con cara de medio dormido al hombre relativamente grande que se erguía sobre él como una mansión bañada en oro.

Una mansión bañada en oro y empapada de perfume suficiente como para asfixiar a un prostíbulo, pero nadie se lo decía al Fraile del East End a la cara, no si querían conservar los dientes.

―Buenos días, Fraile.

Éste sonrió mordaz.

―Para ti y los tuyos no son muy buenos.

―Si has molestado a mi madre por esto…

―No molesto a las damas a menos que sea absolutamente necesario ―le interrumpió Fraile, mofándose como si nunca hubiese cometido un acto de violencia en su vida, y mucho menos contra una mujer.

Rath puso los ojos en blanco.

―Y yo que me lo creo. ¿Cuánto te debe esta vez el inútil de mi padre?

―Quince marcos, en tres días.

Aquello fue suficiente para quitarle de encima todo el sueño y el alcohol que le quedaba en el cuerpo.

―¿Por qué cojones te debe ese padre de mierda mío quince perras? ―Aunque Rath ganara un buen salario todos los días de la semana durante un año, que definitivamente no era el caso, no conseguiría reunir más de dos perras. ¿Qué había hecho su padre? Esta vez lo iba a matar de verdad.

―Oh, no quiero arruinar su diversión cuando te lo explique él mismo. ―Fraile le dio una palmadita en la mejilla―. Deberías haber aceptado trabajar para mí cuando valías algo, Rata. Cuando tengas el dinero ya sabes dónde encontrarme. Tienes hoy, y tres días más, porque siento una ligerísima lástima por ti. Entrégamelo para cuando suenen las últimas campanadas. ―Y con aquello le hizo un gesto a las otras figuras de la habitación.

La enorme figura que lo había tirado al suelo lo empujó otra vez a modo de despedida. Rath la fulminó con la mirada.

―Un placer, como siempre, Jen.

Jen le sonrió, llena de malicia y dientes de plata, y luego desapareció de allí con un portazo.

Teniendo en cuenta cómo solían ser los despertares con Fraile, podría haber sido peor.

―¿A qué ha venido todo eso?

Ah, claro. Entre el despertar tan amable y que le dijeran que tenía otra vez los días contados si no volvía a reunir una alarmante suma de dinero…

―No ha sido nada ―contestó Rath y se levantó del suelo con cuidado, sujetándose del desvencijado pilar de la cama y tambaleándose un poco, pero consiguió no caer.

Le echó un vistazo al atractivo hombre que seguía en la cama, con su piel oscura, el cabello negro trenzado y unos ojos lo bastante verdes como para conseguir que hasta una esmeralda se volviera loca de celos.

―¿Quién era ése? ―preguntó el hombre.

Rath deseó poder recordar su nombre, pero en aquel momento tenía suerte de recordar el suyo propio. Oh, daría cualquier cosa por una jarra o seis de cerveza, pero estaba a punto de estar demasiado ocupado para aquello.

―Si no lo sabes ya, da las gracias y guárdate las preguntas estúpidas como ésa. Siento tener que marcharme, guapo, pero tengo mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo.

El hombre hizo un ademán con la mano.

―Ojalá puedas reunir el dinero. ―Volvió a tumbarse en la cama, que crujió bajo su peso y descuido―. Sería una lástima para el mundo entero perder a un hombre de tus talentos.

―Con suerte los Destinos concuerdan contigo. Hasta luego, cielo ―contestó Rath, imitando el acento de la Ciudad Alta del hombre. Encontró su ropa y se puso las medias, los pantalones y las botas. Recogió su camisa y la chaqueta mientras se ponía el pie y comprobó que las monedas escondidas en ésta última seguían allí―. Espero que puedas volver a la Ciudad Alta sin problemas. Esconde bien la cartera.

El hombre se rió y le hizo un ademán perezoso con la mano, claramente más interesado en volverse a dormir.

Había sido divertido mientras duró; era una lástima que no pudiese seguir a ello durante la mayor parte de la mañana. En fin, era mejor olvidarse de las distracciones. Rath se puso la camisa al salir al pasillo, seguida de la chaqueta. Pronto necesitaría un parche en el codo izquierdo; notaba que la tela estaba a punto de ceder.

En la calle, el olor a comida barata de los carros que se alineaban a ambos lados y se colocaban delante de los puentes le revolvieron el estómago. Se dirigió al norte, hacia el puente de los comunes, uno de los tres que atravesaban el canal que dividía la ciudad en dos. El tercio superior, al norte de los puentes, estaba reservado para los estirados y se llamaba Ciudad Alta; los otros dos tercios, al sur de los puentes, eran para el resto de la población y se llamaba Ciudad Baja. Los tres puentes llevaban formalmente los nombres de las mujeres que habían estado a cargo de su construcción: Sherenda, Herth y Martiana, pero coloquialmente los llamaban puente de la guardia, puente de los comunes y puente privado, también conocido como el puente santo, ya que los señores y las damas sin duda actuaban como si fueran más santos que nadie, incluyendo a los dioses.

Para cuando Rath estuvo cerca del puente de los comunes tras atravesar media ciudad, el estómago ya se le había asentado, pero el dolor de cabeza se había triplicado. Por suerte, los vendedores de comida que se colocaban junto al puente siempre tenían mercancía lista para vender a los locales por poco dinero; un poco de queso y pan con miel le costaban sólo un cuarto de penique. A los extranjeros les costaría un penique entero, y si elegían a algunos de los mejores vendedores éstos podían conseguir hasta dos.

―¡Eh, Rath!

Levantó la cabeza al oír aquella voz alegre, y le sonrió al hombre que se le acercó corriendo con la camisa desabrochada, el pecho al aire y el pelo cayéndole sobre los hombros.

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